A mi abuelo.
Mis días no son fiesta indefinida
porque vivo con azar y costumbres
esperando a que vengas a dar lumbre
al fuego apagado, a mi alma extinguida.
Mis ojos no tienen la luz suicida
de un joven vacío de incertidumbres
pero sí la claridad del deslumbre
de ciento cinco destellos de vida.
Mis manos ya no recorren tu cara
arrugada, ni cogen tus dos manos
escondiendo el secreto que curara
la ausencia, la pena, el baldío, el hueco
que dejó tu marcha al país lejano
donde el recuerdo es un grito sin eco.
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