04 junio 2012

Desayuno en el bar

Veo caminar a hombres con corbata planchada y más
de mil arrugas en los ojos. La mirada aún por lavar
y la sonrisa descolorida. Sin brillo. Sin ruido.
Entran al bar -un desayuno con dos porras, mariano, por favor- 
y mientras soplan el café enfrían sus ganas de bostezar.
Ojeando la prensa deportiva intentan arrancar un
empate a esta vida que ya les ha ganado por goleada.

Beben a sorbos, y tragan la saliva que nunca dejaron
en el dorso de aquellos sellos que dormían en las postales
donde despertaban paisajes imposibles en el amanecer
de una fallida quiniela de quince. La televisión, sobre la máquina
de tabaco, vomita noticias después del banquete indigesto
del día anterior: economía moribunda, recorte de libertades,
reyes y dueños. Habrá que echar la culpa al cocinero.

Pagan, dejando en el billete de cinco euros el sudor
de todo un mes. Y entonces caminan hacia el metro,
suben al autobús, apoyan la cabeza sobre el cristal
de la ventanilla de un tren de cercanías, y callan, tan sólo
callan; porque las palabras no tienen sentido,
como tampoco lo tiene este poema si tú nunca has visto
a esos hombres caminar y entrar al bar de siempre.

1 comentario:

Anónimo dijo...

La culpa para Arguiñano