No era ni por sus ojos azules ni por su cabello rubio. No era tampoco porque lo pusiera en su carnet de identidad. Le llamaban Paul (aunque pronunciaban Pol) porque así también habían llamado a su padre durante décadas. Él realmente se llamaba Pablo Ruiz Smith. Era hijo de Pablo Ruiz Ugalde, un vasco original de Legazpi, y de Kirsten Smith, una inglesa nacida en Portchester. De su padre había heredado el amor a la mar y de su madre la perpetua costumbre de hablar en un tono de voz casi inaudible. También de su madre le venían los ojos azules y el pelo rubio, y de su padre un pequeño lunar en el lóbulo de la oreja derecha. Llevaba toda la vida dedicado a la pesca en alta mar. Primero en tierra como muchacho de los recados para la pesquera de Mutriku en la que trabajaba su padre, y luego, ya con Paul enterrado, en alta mar para la multinacional de Bermeo que hacía dos días le había enviado a su casa un burofax con la carta de despido. Casi media vida, porque treinta años trabajando en la pesca son media vida, pasando semanas fuera de casa y días en el bar de abajo esperando una llamada para volver a salir a la mar. En esos treinta años dedicados a la mar Paul había tenido solo una vez una temporada de incertidumbre laboral, que fue cuando se desmanteló la industria ballenera de su pueblo natal, Mutriku, por no haber respetado aquella máxima de que el mar te devuelve lo que le das ("itsasoak ematen dizuna ematen diozu" estaba escrito en la cubierta del Aberri Alaia I en el que su padre trabajó durante más de veinte años), y estuvo varios meses en casa sin creerse que el trabajo se acababa y no por una temporada, como cuando los barcos pasaban días en puerto por las inclemencias de los cielos, sino para siempre. Meses, que llegaron a ser casi medio año, en los que lo único que hacía era lamentarse y bajar a la herriko a potear junto a otros marineros varados y maldecir el negro destino común que les esperaba. Meses de incredulidad y rabia por sufrir las consecuencias de un mal que él no había provocado, aunque hubiera contribuido durante años, no había otra manera de vivir, a que no se evitara. Aquello se tomó entonces en el pueblo como una especie de castigo divino, una maldición, que caía del cielo inevitablemente como la lluvia de la tarde o el calor de los mediodías de agosto. Nadie pensó entonces, en aquel mal colectivo, que había que plantearse un nuevo enfoque a las responsabilidades individuales a partir de ese momento. En el ejercicio de culpar a un ente abstracto sobre la situación, aunque todos sabían ponerle nombres y apellidos a los que componían ese "ente abstracto" o al menos a los que, con su ambición y egoísmo, habían dotado a ese "ente abstracto" de consecuencias irreversibles, nadie valoró si la palabra testigo es en cierto modo un sinónimo de la palabra cómplice.
En aquellos meses la gente del pueblo se organizó para afrontar aquella crisis de la mejor manera posible, y fueron muchas personas, mujeres mayores la gran mayoría, quienes se encargaron del cuidado de los hombres que habían quedado con las manos ásperas y vacías viviendo en la más estricta desolación. Paul abría cada mañana la puerta de su casa a la vecina que le ayudaba con el cuidado de su padre, que había quedado con la mirada perdida del vigía de un barco que en mitad de la tormenta intenta distinguir la luz del faro entre el terror de los relámpagos, y por el mediodía, al volver con el mapa de La Rioja dibujado en la cara, encontraba la comida que otra vecina les dejaba, a los dos Pols como decía la nota que siempre acompañaba a las tarteras metálicas, en el alfeizar de la ventana. En aquellos meses por las calles del pueblo todo el mundo le preguntaba a Paul si necesitaba algo. Está todo bien, gracias, decía él, aunque realmente quería decir: necesito que mi madre regrese, que a mi padre encuentre la flor de lis de su rosa de los vientos, y que mañana me llamen del puerto porque sigue habiendo ballenas y trabajo. En esos meses el apoyo y la ayuda colectiva fue imprescindible para sobrevivir, al igual que la ayuda económica que llegó del Gobierno Vasco, gastando más tinta que premura, y las donaciones de empresarios públicamente consternados. Había que sobrevivir a los males por nadie provocados y por todos sufridos. Había que derrotar a aquellos meses en los que había victimas y no culpables.
Ahora con una carta de despido sobre el recibidor de la entrada de un pequeño piso junto al campo de fútbol del Bermeo, y la obligación de tener que acudir a la oficina de empleo, Paul pensaba en aquellos meses que quedaron sepultados en el olvido con la tierra que se desprende de la montaña de los años. Aquellos meses de incertidumbre, de rabia y de miedo. Aquellos meses que no sirvieron para afrontar la importancia de separar el significado de testigo del de cómplice. Aquellos meses en los que tanto se pensaba y de los que no salió ningún pensamiento. Aquellos meses en los que el regocijo en la lástima privó a las gentes de asumir el ejercicio de la justicia. Aquellos meses que solo sirvieron para dejar atrás un pasado y olvidar los nombres de aquella mujer bajita que venía a cuidar a Paul por las mañanas y de aquella otra con el pelo cano que cocinaba de fábula. Aquellos meses que acabaron en una carretera a media tarde después de enterrar a Pablo con el jersey de cuello alto y entre las manos el cabo que le había arriado del último puerto.
2 comentarios:
Me ha gustado mucho! Senti estar paseando por el puerto de Bermeo, eskerrik asko.
¡Gracias SaskiaBilbo!
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