Ayer Rendel volvió a llegar más tarde de la
medianoche. Sé que no se llama Rendel pero realmente no me importa si su nombre
es Donovan, Marcus o Jose Manuel Hernández. Yo siempre le llamo Rendel. Desde mi cama le escuché abrir con cuidado la puerta, desprenderse
de las botas y le imaginé avanzando de puntillas a lo largo del pasillo. Su
habitación queda al fondo, es la puerta que queda junto al extintor de
incendios y al sillón azul en el que nunca se sienta nadie. En la madera de la
puerta hay un 4 dorado y la silueta, con los restos de cola blanca, de un 3 que
se cayó hace ya casi un año y que nadie ha vuelto a colocar, y con nadie me
refiero que no ha hecho su trabajo ni el espigado de Mantenimiento que trabaja
por las mañanas ni el calvo con acento raro que cubre el turno de tarde.
Escuché, sin atreverme a mirar el reloj para no tener así que guardar el
secreto de Rendel, como abrió la puerta de su habitación, encendió la luz, dejó
las botas en el suelo, se despojó de su ropa y se metió en la cama, no sin
antes golpearse con el radiador que queda entre la ventana y la mesilla de
noche, y colocó su cuerpo sobre el colchón. Lo que no llegué a oír fue el
interruptor de la luz al apagarse; imagino que Rendel estuvo un rato largo
despierto leyendo alguno de sus libros de ciencia ficción o quizá mirando los
recortes de revistas que esconde bajo la almohada.
Hoy no he visto a Rendel en toda la mañana. En
uno de mis paseos diarios he caminado hasta la puerta de su habitación. Me he
sentado en el sillón azul en el que nunca se sienta nadie y he esperado un buen
rato para ver si escuchaba algún ruido proveniente de su cuarto o por si acaso
le veía salir camino de la cafetería para desayunar su café con leche con dos
magdalenas. Rendel siempre desayuna un café con leche con dos magdalenas. Le
observo cada mañana mojar la magdalenas en la taza de café. Veo como las gotas
de café que escullan entre sus dedos mojados manchan el mantel blanco de la
mesa 56, sé que es la mesa 56 porque hay un cartel en el centro al que no le
falta ningún número, y le miro mientras sorbe el café cuando ya se ha comido
las dos magdalenas. Pero como digo hoy no he visto a Rendel. Ni salir de
habitación ni desayunar en la mesa 56 de la cafetería. No estoy preocupado
porque a veces no sale en todo el día de la habitación. Creo que se compra
comida en las máquinas de la Estación y come tumbado en su cama. Hay días que
no baja a la cafetería ni a desayunar ni a comer. Los jueves hay lasaña en el
menú y la semana pasada Rendel no vino a comer. En la mesa 56 sobró un plato de
lasaña y yo pregunté si podía repetir. Siempre he querido ser amigo de
Rendel. Aunque nunca me he atrevido a hablar con él. Mi hermana me recoge en su
coche cada viernes y de camino a casa me pregunta si tengo amigos aquí. Le digo
que soy muy amigo de Rendel. Mi hermana siempre insiste los domingos, en el
viaje de regreso tras el fin de semana en el pueblo, en decirme que me acompaña
dentro y así conoce a Rendel. Yo siempre le cuento que no puede ser porque
Rendel llega más tarde los domingos ya que viene en el autobús. Y Rendel, no sé
si lo he dicho, siempre pierde el autobús de las diez y tiene que coger el
siguiente que pasa por la carretera principal pasada la medianoche.
Rendel no tiene reloj. Imagino que es porque confunde el reloj con las heridas.
Creo que Rendel no quiere estar aquí y por eso no se preocupa de saber qué hora
es. Por eso quiero ser su amigo. Porque yo sí sé qué hora es en cada momento.
También sé obedecer las órdenes cuando me hablan, los días que hay lasaña para
comer, los horarios del autobús que para en la carretera principal y sobre todo
sé decir señorita al final de cada frase. Hoy no he visto a Rendel, señorita.
Claro que sé que mañana es viernes, señorita. Mi nombre es Jose Manuel
Hernández, señorita. Tengo 34 años y claro que quiero algún día salir de aquí,
señorita. Media pastilla y otra media después de comer, lo sé, señorita. ¿Usted
cree que algún día seré amigo de Rendel, señorita?
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