Los amigos son las gafas que me
gusta usar.
Cuando no alcanzo a ver algo en
el horizonte, que se antoja lejano y borroso, siempre tengo un número de
teléfono al que llamar, un paseo que compartir, una cafetería, un lugar común,
donde sentarme a conversar. Así, acompañado de un camarada, esa imagen
imposible en la lejanía se va acercando y se hace cada vez más tangible, más
alcanzable, más verosímil.
En otras ocasiones, algo que
tengo frente a mi, a pocos centímetros de mis manos, no llega a ser tan nítido
como quisiera. Lo puedo mirar durante horas pero, aún así, algún detalle se me
escapa. Entonces, un compañero, se me acerca y me abraza, me acaricia la
presencia, me humedece la seca soledad. Y sucede que, juntos, pintamos en las
pupilas esas pequeñas cosas que hacen grande la vida.
El giro del mundo tiene más que
ver con la anarquía y el azar, que con la buenaventura. El presente es el muro,
de infinitos metros de altura, que se levanta erguido para que el pasado no
pueda vislumbrar qué será de él en un futuro. Las desgracias se suceden a
nuestro alrededor: guerras, miseria, injusticias muerte. No somos tan impasibles
como presumimos ser. Todo nos afecta porque nos esforzamos en temer a la nada y
al nadie. Es ahí cuando uno se frota los ojos, se auto masajea las sienes con
los dedos, y desea que el universo sea un sueño. Entonces el dolor de cabeza
intenso; es la llamada vista cansada. Amigos, compañeros, camaradas... son las
lentes perfectas para combatir ese mal de vista cansada y no perder las ganas
de mirar.
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