13 septiembre 2013

Gafas

Los amigos son las gafas que me gusta usar.
Cuando no alcanzo a ver algo en el horizonte, que se antoja lejano y borroso, siempre tengo un número de teléfono al que llamar, un paseo que compartir, una cafetería, un lugar común, donde sentarme a conversar. Así, acompañado de un camarada, esa imagen imposible en la lejanía se va acercando y se hace cada vez más tangible, más alcanzable, más verosímil.
En otras ocasiones, algo que tengo frente a mi, a pocos centímetros de mis manos, no llega a ser tan nítido como quisiera. Lo puedo mirar durante horas pero, aún así, algún detalle se me escapa. Entonces, un compañero, se me acerca y me abraza, me acaricia la presencia, me humedece la seca soledad. Y sucede que, juntos, pintamos en las pupilas esas pequeñas cosas que hacen grande la vida.

El giro del mundo tiene más que ver con la anarquía y el azar, que con la buenaventura. El presente es el muro, de infinitos metros de altura, que se levanta erguido para que el pasado no pueda vislumbrar qué será de él en un futuro. Las desgracias se suceden a nuestro alrededor: guerras, miseria, injusticias  muerte. No somos tan impasibles como presumimos ser. Todo nos afecta porque nos esforzamos en temer a la nada y al nadie. Es ahí cuando uno se frota los ojos, se auto masajea las sienes con los dedos, y desea que el universo sea un sueño. Entonces el dolor de cabeza intenso; es la llamada vista cansada. Amigos, compañeros, camaradas... son las lentes perfectas para combatir ese mal de vista cansada y no perder las ganas de mirar.

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