miércoles 12 de octubre de 2011

Desamor y Arquímedes

Llueve en Madrid. Llueve como en una despedida. Llueve como el día que ella se fue; de eso hace ya un mes.
Son ya treinta días que vivo en una soledad absoluta. No tengo ganas de comer, ni de dormir, ni de salir a la calle, ni de hacer café cada mañana de este otoño en pleno marzo.
Suele pasar en estos casos, de desamor y de rupturas, que la rutina te salva del dolor y de los malos pensamientos; pero mi trabajo de becario en un laboratorio no está ayudando a que la olvide. En cada tubo de ensayo, en cada probeta, en cada placa de Petri veo su sonrisa. En cada estante del armario, entre botes con ácidos y libros de bioquímica, veo su mirada. En cada papel de Tornasol que uso veo el color de los rizos de su melena. Creo que me estoy volviendo loco. Día a día, minuto a minuto, me sumerjo en una depresión de la que difícilmente voy a salir.
Sigue lloviendo y el autobús no llega a la parada. Un chico suspira a mi lado; me suena su cara de verle por los pasillos del edificio, pero no estoy seguro: cuando uno se acostumbra a ver a la gente con bata blanca es difícil reconocerla vestidos de calle. Está leyendo un libro titulado: “Grandes biografías de la ciencia: Arquímedes”. Parece absorto, ajeno al cansancio de un día de trabajo, ajeno a la lluvia, ajeno al mundo. Ojalá yo pudiera hacer lo mismo, ojalá pudiera leer y olvidarme de ella. Pero no puedo.
El autobús ya llega a la parada. Mientras el resto de la gente que estaba esperando va subiendo, dejo reposar mi mirada triste y vaga sobre las coronas de agua en el cristal de la ventana. Veo unos ojos. Tan tristes y vagos como los míos. Hay algo en esa mujer que me llama la atención, algo que me hace mirarla sin pestañear. Ella sonríe. Yo también sonrío, y al hacerlo me doy cuenta de que tengo la mente en blanco, de que sólo pienso en subir al autobús. Miro el libro del muchacho que está junto a mi en la cola “Grandes biografías de la ciencia: Arquímedes”, y pienso en el famoso teorema de Arquímedes: “Todo cuerpo sumergido en un fluido experimenta un empuje vertical hacia arriba igual al peso del fluido desalojado”. La chica del autobús vuelve a sonreír. Yo estaba hundido, pero ahora vuelvo a salir a flote. Me subo al autobús: bajaré en la misma parada que baje ella.

2 comentarios:

Pilarbarvar dijo...

Esto si que es "el sumatorio de una serie infinita" de palabras bonitas! y hace "palanca" a la pesada puerta de mis tristezas para que abra y vuelen libres todas las mariposas :)

Marinero en Marte dijo...

Pilar me estremeces y me haces sonreir. Qué buen comentario. Gracias.