Cuando todas las ciudades
acaben en esta habitación de palabras
sabremos que no hemos paseado las mismas calles
aunque ahora, en este recorrido pretérito,
compartamos la ilusión de volver a repetir
estas conversaciones: ser luz
para ser, por siempre, nosotros mismos.
Es posible que quede de otros rostros
el recuerdo del futuro o que tu voz,
esa que se confunde con el sabor del tacto,
se apague eternamente en alguno
de mis malos pensamientos.
Quedarán, entonces, los horarios imposibles,
la distancia y el filo impreciso del silencio
de los autobuses que rasgan las carreteras circulares.
Dejaremos, en algún momento, atrás
el olor de las madrugadas
y querremos, por todas las ciudades, buscar
la imaginación de los cuerpos, los hoteles del deseo,
la buena compañía, la postal del amor
o el itinerario de un viaje que vence
a las pupilas del fuego y de la honestidad.
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