Le hemos hablado al tiempo de nuestros propios ritmos
poniendo en cada palabra el silencio
que recorre en invierno los pueblos y sus calles.
Bajo la manta azul de los abrazos
hemos acomodado nuestros cuerpos
a las velocidades de las tardes,
a la calma indispensable del día
que sangra en el final del calendario.
Hemos dejado caer la persiana
de la noche guardando las pupilas
tras el cristal de párpados y en un sueño profundo,
con las manos dormidas y las bocas colmadas,
hemos sabido del amor más nuestro.
Nos ha contado el tiempo -con cara de vergüenza-
que se encuentra cansado por la prisa
en la que crecen las grandes ciudades.
Con la voz temblorosa el tiempo nos ha dicho
que no hagamos caso a incertidumbres,
que en todos los paisajes busquemos las miradas
ajenas que hagan propios los domingos,
que detrás del deseo se esconderá el verano.
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