Nunca le habían dicho
que hay que abrigarse de la soledad
de la misma manera que lo hacemos
en invierno del frío,
que los años no pasan en balde y que sorprende
muchas veces conversar con los miedos
que creíamos haber ya vencido
y llegar a conclusiones sutiles
que son ajenas a todo el asunto
de la razón, del ánimo
y del dibujo de días y rostros.
Nunca se había dejado decir
que lo peor del silencio sin nombre ni apellidos
es que en él se escucha su propia voz
que a veces las habitaciones frías
no se calientan con diez radiadores
y las sábanas limpias
huelen al más auténtico fracaso
de todos los fracasos.
Nunca se había dicho a ella misma
que en este vida hay que saber perder
que los empates huelen a derrota
y que por las mañanas el café no despierta
a nadie de los sueños que nunca se cumplieron.
Nunca se dijo nunca.
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