Nadie entiende su mirada nocturna
cuando temprano deja atrás las calles.
Nadie sigue su silueta cansada
cuando atraviesa la plaza buscando
las horas que -dormidas con la piel
o con las sábanas- son las culpables
de otro jueves cualquiera.
Nadie busca en sus manos el deseo
impredecible a la edad ya perdida
en la dulzura de las cicatrices,
y alrededor del silencio que emana
de su viejo teléfono
-o de las mentiras que son proclives
a toda noche con su desnudez-
va pasando lentamente la mañana.
Escucha, llevo una hora esperándote.
Sabes que había reservado mesa.
No quiero ni saber de dónde vienes.
Y entonces tras los ojos vacíos de saludo
se descubre al otoño
dejando el llanto sobre la ciudad.
Ella besa a su amiga
pide perdón bajando la mirada
mientras se sienta frente a la salida.
Su espalda es un bostezo y le duelen los ojos
aunque es la primera vez que mira
la vida hacia adelante.
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