Es cierto, no me importa ver a un gato
negro cruzando enfrente de mis ojos
y si está sucio el jersey color rojo
me pongo el amarillo de inmediato.
No hiperventilo, no, no disparato
si en el asiento trece cuando cojo
un bus me siento, tampoco me arrojo
a temblar al caer la sal al plato.
Es cierto que he cerrado el paraguas
dentro de casa porque no cabía
cuando me paro bajo la escalera.
Aún así, no negaré que se fragua
en mí la mala suerte cada día
cuando despierto a horas puñeteras.
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