02 agosto 2016

Carta para un recién nacido

No nací para cambiar este mundo
que según va cumpliendo años, siglos,
se hace más obstinado y tenebroso,
ni tampoco nací para que mi nombre
luciera en placas sobre los granitos
de los obstáculos accidentados
que pueblan nuestras calles y paisajes.
No nací para llenar soledades,
sino para vivir la mía propia
y sufrir el devaneo violento
de las edades, las promesas rotas,
los desengaños y quizá disfrutar,
sin conciencia de eternidad, algunos
momentos arrebatados al triste
destino ineludible de ser hombre.
No nací para vivir arrastando
sueños o frustraciones. No nací
para llenar papeles ni relojes,
ni aprender un lenguaje que no usar
cuando la educación le vence al verbo
en la batalla de las sociedades.
No nací para dejar huella o dar
consejos que abaraten las fronteras
que existen entre amigos y enemigos.
No nací para cumplir los propósitos
que dejaron caer sobre mí como
una tormenta permite caer
un rayo sobre el árbol solitario.
No nací para la inexactitud
ni para permanecer en la gloria,
simplemente nací para mirar
dentro de tus pupilas y encontrarme
el mundo que soñé sin cicatrices.



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