17 diciembre 2013

Tus ojos en el ocaso

A mi abuelo. 

Sobre la oscuridad de tus dos ojos cerrados
descansa toda la historia de una vida.
No quiero saber cómo fueron tus últimas horas
si desconozco por completo los minutos
que acometieron al primer momento que nos vimos.
¡Qué importa si olvidaste mi rostro!
cuando mi cara se quedó grabada en el féretro
que te acompañó en el último viaje al origen.
Y ahora duermes en el sueño de la memoria
y mis despertares tiñen de pena los destellos
de una luz que alumbra intirmitentemente mis vahos.
Caminar no significa andar si no te encuentro
más que un par de veces al año
en el gris devenir de los acontecimientos,
en las calles que suben al valle,
en los desprecios de un recuerdo,
en las sombras que habitan una casa vacía.

Bajo la claridad de tus tiempos añejos
viven las enseñanzas que un niño ya crecido
adoptó como propias en el oleaje del llanto.
Sigues marcando un rumbo en este camino
que se pierde imperturbable en el ocaso.

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