23 enero 2011

Hay tardes, de esas con arco iris de humo y pájaros de sonrisas, que me gusta dedicarlas a escuchar música. No es un momento litúrgico, ni mágico, ni tan siquiera es el alarde de intelectualidad que puede brindar el escuchar discos de vinilo importados desde países extranjeros. Simplemente es un momento, de varias horas normalmente, en el que me tumbo boca arriba en la cama y escucho música en mi reproductor portátil. Me aseguro de que el modo de reproducción aleatoria está activado; entonces pulso el play y cierro los ojos. Sonrío y apoyo mi cabeza sobre la almohada, la sensación de poder pasar un tiempo con la mente en blanco, sin pensar en nada ni nadie, ni tan siquiera en mi mismo, me recorre el cuerpo desde la punta del pie hasta las cejas, desde las palmas de las manos hasta el alma.

1 comentario:

Rodolfo Serrano dijo...

Y quién no desea momentos así? Quién no los tiene?