El aeropuerto, la compañía aérea y sus normas, con una sutileza violenta, me devuelven a la realidad y me regalan la tristeza del recuerdo. Sólo un bulto de mano. En una sola maleta, de las dimensiones que ellos dictan, debo meter todo lo que quiero llevarme de vuelta a casa. Pero indudablemente no cabe todo en una maleta: las cosas útiles quizá si, pero las importantes no caben.
Me ciño a sus normas y guardo los zapatos, pero en cambio en la maleta no me caben las huellas que dejamos sobre la nieve paseando por los jardines de Tullerías, ni tampoco el cansancio de nuestras piernas cuando corrimos para subirnos a aquel autobús que nos llevaba a la Sorbona. Guardo la camisa manchada que lavaré al llegar a Madrid, pero se quedan fuera de la maleta los círculos que dibujabas en el café, al remover el azúcar con la cuchara, en aquel Bistró del Boulevard Saint Michel; al igual que no me puedo llevar tu cara de enfado cuando la taza me cayó encima. No me olvido de meter el paraguas dentro de mi pequeño equipaje, pero suspiro al pensar que lo que no me puedo llevar dentro de una maleta son las gotas de lluvia que mojaban tu cabello cuando, tumbada sobre la hierba de los jardines de Champ-de-Mars, buscabas la mejor foto de la torre Eiffel. La bufanda, los pantalones, el jersey de lana ya están dentro de la maleta, pero se queda en esta ciudad el frío y el aire que nos golpeaba en la cara mientras, abrazados, nos resguardamos de la tormenta de nieve en los soportales de la Rue Rivoli. Y el último espacio que queda por llenar de esta maleta lo aprovecho para guardar el neceser: con el desodorante, la pasta y el cepillo de dientes; pero se quedan fuera las sonrisas cómplices, y los sudores que quedaron en la cama de un hostal del barrio de Montparnasse.
Monto en el avión, llevo una sóla maleta si, pero no llevo todo mi equipaje. Aún así, al hundirme en el asiento, miro por la ventanilla, la pista está mojada, y hay una luz de emergencia que me dice que hay sobrepeso en la cabina.
3 comentarios:
:*)
Buen blog, buenos poemas, buenos relatos. Me gusta, marinero.
Mucho gusto!
¡Cómo escribes, tío!
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