
Hoy mismo me dí cuenta: ya no soy una persona; pero es que tampoco soy, tan siquiera, un ente corpóreo. Ahora tan sólo soy una mancha en el tapizado de un asiento de un tren de cercanías.
Todo empezó hace unos años, al poco de llegar a esta ciudad, cuando la timidez se empezó a manifestar en mí de la misma manera que unos años atrás el acné se había manifestado en mi piel. Recuerdo aquellas reuniones con amigos en el Café de La Paz, siempre me sentaba en la misma mesa del rincón, en la silla quedaba entre el paragüero y el cuadro con el retrato de Charles Chaplin. En aquellas reuniones nadie reparaba en mí; bien es cierto que me saludaban al entrar en el local, pero luego el silencio era la única comunicación entre mi persona y el resto de los asistentes a aquellas tertulias.
Después vinieron mis ausencias y mis miedos. Bien podía quedar para cenar con mi novia, o tenía cita con el dentista o una entrevista de trabajo, daba igual, porque yo nunca asistía. No soportaba la idea de un mal gesto o de un titubeo, no soportaba la sensación de calor en mis pómulos sonrojados. Y mi autodefensa consistía en aislarme, cerrarme en mi habitación, escuchar música y llorar viendo películas francesas.
Lo siguiente en mi proceso de desaparición fue no salir de mi habitación. Me pasaba el día, los días, encerrado allí. Si quería ir al baño o acercarme a la cocina a comer un yogur, siempre esperaba a que todos mis compañeros de piso hubieran abandonado la casa. Yo sólo salía de mi cuarto cuando ningún ruido o agente externo podía perturbar la burbuja imaginaria de metacrilato que me recubría.
Y así, poco a poco, fui desapareciendo. Se desvanecieron mis huesos, mi piel se volvió pelusa que reposaba bajo la cama, mis ojos salieron rodando una mañana de miércoles, y mis manos se quedaron en el mismo sueño en el que se volatilizaron mis labios. Mi pelo se hizo espuma y mis uñas se convirtieron en destellos lumínicos. Todo se esfumó, porque yo mismo ya había desaparecido.
Por suerte, mis últimos restos celulares salieron volando por la ventana, la brisa de Abril los llevó a pasear por la ciudad, y los depositó suavemente sobre el skay de un asiento de tren de cercanías.
Ahora, reposando, por decirlo de alguna manera, sobre este asiento, nadie me mira pero todos me ven. Y yo, mientras, al igual que hacía antes, puedo pasar desapercibido, y sin que nadie me hable, puedo observar el mundo en silencio y felicidad.
Todo empezó hace unos años, al poco de llegar a esta ciudad, cuando la timidez se empezó a manifestar en mí de la misma manera que unos años atrás el acné se había manifestado en mi piel. Recuerdo aquellas reuniones con amigos en el Café de La Paz, siempre me sentaba en la misma mesa del rincón, en la silla quedaba entre el paragüero y el cuadro con el retrato de Charles Chaplin. En aquellas reuniones nadie reparaba en mí; bien es cierto que me saludaban al entrar en el local, pero luego el silencio era la única comunicación entre mi persona y el resto de los asistentes a aquellas tertulias.
Después vinieron mis ausencias y mis miedos. Bien podía quedar para cenar con mi novia, o tenía cita con el dentista o una entrevista de trabajo, daba igual, porque yo nunca asistía. No soportaba la idea de un mal gesto o de un titubeo, no soportaba la sensación de calor en mis pómulos sonrojados. Y mi autodefensa consistía en aislarme, cerrarme en mi habitación, escuchar música y llorar viendo películas francesas.
Lo siguiente en mi proceso de desaparición fue no salir de mi habitación. Me pasaba el día, los días, encerrado allí. Si quería ir al baño o acercarme a la cocina a comer un yogur, siempre esperaba a que todos mis compañeros de piso hubieran abandonado la casa. Yo sólo salía de mi cuarto cuando ningún ruido o agente externo podía perturbar la burbuja imaginaria de metacrilato que me recubría.
Y así, poco a poco, fui desapareciendo. Se desvanecieron mis huesos, mi piel se volvió pelusa que reposaba bajo la cama, mis ojos salieron rodando una mañana de miércoles, y mis manos se quedaron en el mismo sueño en el que se volatilizaron mis labios. Mi pelo se hizo espuma y mis uñas se convirtieron en destellos lumínicos. Todo se esfumó, porque yo mismo ya había desaparecido.
Por suerte, mis últimos restos celulares salieron volando por la ventana, la brisa de Abril los llevó a pasear por la ciudad, y los depositó suavemente sobre el skay de un asiento de tren de cercanías.
Ahora, reposando, por decirlo de alguna manera, sobre este asiento, nadie me mira pero todos me ven. Y yo, mientras, al igual que hacía antes, puedo pasar desapercibido, y sin que nadie me hable, puedo observar el mundo en silencio y felicidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario