Es digno el tiempo sobre la mano,
más bien el brazo, que sujeta el reloj
que dejaste en un cajón abandonado hace veinte años.
Con ese brazo, más bien con esa mano, ajena a los segundos,
abres las puertas, empujas a tus pasos hacia
la incertidumbre que te lleva de la calle a la casa,
del bar hacia la plaza, del ayer hasta el minuto exacto.
Con ese brazo, más bien con esa mano, reclamas
la verdad de todos tus pasados.
Siempre supe de las ventanas y de los retrasos,
ahora por fin me puedo aprender
a guardar en mis días tus instantes.
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