A mi hijo Pedro.
Para tus propios ojos el espejo
hecho de sangre donde mi mirada
-tan recíproca- de luz apagada
quisiera dibujarte en su reflejo.
Para tus propias manos queda lejos
aquella noche de lunas rasgadas
cuando del tacto se hizo paz sagrada
la contienda entre la piel y el pellejo.
Para tus propios miedos guardo luto
cuando en la noche me aguanto la pena
y soplo el polen de la flor del sueño.
Para tu propio tiempo mis minutos
ajenos a relojes. Hoy se llena,
Pedro, de vida la vida en su empeño.
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