Dejemos al azar de la avenida
el tono silencioso de llamadas
del teléfono violento que cada
Navidad con tristeza se suicida.
Dejemos que determine la vida
qué sujeto sucumbe a la manada
qué cicatriz quedará abandonada
en el éxodo de sangre en la herida.
Dejemos señalado el cero seis
uno y miremos la tormenta blanca
con azules urgentes que atraviesa
unos labios diciendo no tardéis.
Dejemos a la suerte que se estanca
en un carton letal sobre la mesa.
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