28 mayo 2010

Malos humos (5)

Era aquella ansiedad desmesurada la que me hacía bajar a fumar cada cinco minutos. O tal vez no era la ansiedad, sino la cara de vinagre del cabrón de mi jefe, que clavaba sus ojos fósiles sobre mi y me presionaba con su gesto impávido a no separar la vista de mi pantalla, a no desviar ni un segundo mis pupilas de los documentos que bailaban por mi ordenador.
Cuando no podía más con esa angustia, sin decir nada, me levantaba y me iba a la calle a fumarme un cigarrillo, o incluso dos. Era capaz de fumar un cigarrillo tras otro en la puerta que había frente al parking, los coches entraban y salían como los sueños entraban y salían de mi cabeza.
Cuando ya me notaba relajado volvía a subir hasta mi mesa en el segundo piso, pasillo de la derecha, tercera puerta. Y ahí estaba él como una fiera al acecho. Todavía hoy me acuerdo de aquella sonrisa estúpida que me ponía el muy cabrón, cuando volvía con mis pulmones llenos de nicotina y un suspiro de felicidad en lo más hondo del pecho, y me decía: “¿Dónde estabas? ¿Acaso habias terminado ya los cuadrantes del mes?”

1 comentario:

brenda dijo...

toma que toma y ole y ole ole y ola AGUAhttp://open.spotify.com/track/78hnpoxdpMA87gLhkGEVLh