Han crecido
demasiado los chicos.
Nosotros confundimos
las edades
que son recuerdos,
también añoranzas,
y caminamos junto a
ellos. Son
las once de la noche
de un sábado de fiestas,
la música consume
la avenida
y la ribera del río
se llena
de luna y de sonido
precedente.
Volvemos a ser
libres, a no tener cuarenta,
y sin pudor miramos
el pasado
que ahora lleva
pantalones vaqueros,
gafas de pasta,
camiseta blanca
y el pelo largo,
sedoso y limpio.
Sabemos reconocer en
sus rostros,
en el de los
muchachos ya crecidos,
a sus hermanas
mayores casadas
y el balón
deshinchado del patio del colegio.
Sus nombres los
desconocemos pero
podríamos mirarles
a los ojos
y poner sus
apellidos en nuestros
labios cerrados por
la pura envidia.
Y ellos nos miran
pero no nos ven.
Beberán, ellos,
hasta la luz última
y volveremos,
nosotros, a verlos
desde nuestras
ventanas de personas
mayores que han
desayunado rabia.
Ellos, crecidos,
irán ya sin rumbo,
y sin saberlo, hacia
las ventanas
que estarán
empañadas dentro de pocos años
y desde ellas nos
verán sin mirarnos.
Demasiado han
crecido ya los chicos.
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