muere un mundo sobre la verde hierba.
Una púdica oscuridad encumbra
los pensamientos vanales de un hombre
cansado de la vida, cansado de si mismo,
colmado de locura en su silencio,
con objetivos claros pero como todo hombre
con el estigma de cada fracaso
tatuado en la reseca piel del alma.
Un hombre acobardado atormentado
(un hombre vencido por no ganar)
sufriendo del octavo pecado capital:
la duda. Duda ante la vida, Duda.
Ante si mismo duda. Duda. Ante la muerte
duda. Contra si mismo, contra la vida. Duda.
En los árboles muertos florecen teorías,
titulares, circulares, silencio,
letras con humo. Fuego del infierno
gritan las voces del aire. Los rostros
en la jaula que encierra nuestras noches
imparten moralidad y justicia.
Guerra inhóspita contra la certeza.
Y mientras un amasijo de sueños
violentamente derrite la nieve.
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