Cuando en una mañana cualquiera
los rugidos de unos párpados se alejen
de la intempérie del deseo, veremos
teñirse de colores el cielo
y las explosiones que perturban nuestro sueño
traerán consigo lluvia de cenizas
y jirones harán la bandera del miedo.
Cuando unos labios duerman
con el color del amor en el humo
apagado de un cigarrillo, los licores
con limón y con hielo
de nuestros desvelos
traerán consigo el desnudo de las horas
y el descubrimiento de los últimos besos.
Cuando el sabor amargo de las perdidas
y el dolor ajeno como un sombrero
nos asalten por sorpresa, buscaremos
sin ánimo el devenir de la desidia
y las luces intermitentes de un puerto
que quedó estancado en las aguas
de la penúltima tarde.
Algún día sabremos que el amor reposa
en los labios manchados de palabras
y que la distancia es el espejo del vicio.
Dejaremos, en los días de feria, que la serpiente
de la amistad trepe por un cielo
lleno de colores imposibles, y la explosión
de un fuego alumbre todos los amaneceres.
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