Olvidar un pedazo de ese oscuro pasado
en la caja llena de bombillas que suben al camión
junto a la mesilla de noche, las cazuelas, los abrigos
de invierno, los discos, la televisión apagada,
la sintonía de radio 3, la funda de las gafas, el cepillo,
los zapatos, el augurio de las nuevas costumbres,
los miedos con cinta adhesiva, el mapa de carreteras
y los resquicios de un amor, o los añicos de aquel verano
que sientes que por fin ya acabó.
Desempaquetar las cajas, ordenar los recuerdos,
colocar los libros, buscar el ultramarinos
más cercano. Bajar al portal, mirar al cielo,
probar la llave, la cerradura, el alma abierta,
la ilusión por terminar, la pena por empezar,
una ensalada y agua del grifo, cuatro golondrinas
revoloteando en el estómago. Un amigo que llama
al teléfono que quedó sin cobertura.
Contar los pasos que hay entre el cuarto
y la cocina, calcular las prisas, no saber
lo fría que sale el agua de la ducha, y a la vez
abrasarse con cada crujido del parquet.
Buscarse a uno mismo, descubrirse en el espejo,
perderse en la ventana con un nuevo paisaje,
y volar, volar lejos estando cerca. Recoger las alas:
guardarlas en el baúl y volver a empezar.
Seguir abriendo jaulas de pertenencias, dejar
libres a los enseres y a los trastornos,
y encontrar cinco versos
en esa maleta que tiene un cartel pegado
que dice "ropa interior".
Sentir que la vida
es una casa vacía con olor a pintura
una cama aún por hacer que maulla
deseosa de ser deshecha
o el eco nuevo de la misma soledad.
1 comentario:
Bravo, Gonzalo.
Abrazos.
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