Decir 11 de marzo, y acordarse del minuto exacto del 2004 donde uno se enteró de la fatídica noticia. Es común que todo el mundo se acuerde de lo que andaba haciendo, donde se encontraba o con quién estaba. Hay fechas que a fuerza de tristeza nos dejan un estigma en la memoria.
Mi recuerdo es de una mañana soleada en una ciudad al norte de Castilla. Un recreo entre clases, entre aroma de café y humo de cigarrillos, conversaciones banales y ojos furtivos que buscaban los andares de las chicas que estudiaban administrativo en el instituto de al lado. El paso acelerado de un compañero, repetidor que sólo venía a algunas de las clases, llegando al lugar donde estábamos y contándonos lo que acababa de ver por televisión. El resto de la mañana, la incredulidad por sombrero, hojeando la prensa en internet, sin saber qué decir o qué pensar.
Ese día, se celebraba una fiesta en la Univesidad Politécnica, tan sólo a una calle de donde estudiábamos. Al final de la jornada de clases, paramos a tomar una cerveza en la carpa montada para la fiesta. El vaso de plástico temblaba en las manos de la gente mientras se mezclaban detalles de lo sucedido; lo que uno había escuchado por la radio, lo que sabía otro porque se lo había contado su madre por el móvil, lo que otro había leído internet, lo que todos sabíamos y desconocíamos a la vez: cifras.
La tarde transcurrió pegado a la pantalla del televisor. Por la noche la fiesta de la universidad se suspendió y una intensa lluvia empezó a caer sobre Burgos. Los jóvenes que nos congregamos junto al campus nos fuimos a casa mojados por el agua y empapados por el dolor.
Han pasado nueve años y dudo que alguna vez pueda olvidar aquel día. Desgraciadamente, lo mío es simple anécdota, hay gente que no tiene la menor duda de que nunca, ¡jamás!, olvidará aquel día y los que quedaron atrapados en la eternidad de un suspiro.

No hay comentarios:
Publicar un comentario