20 abril 2012

Aquellos días de asueto


Hicieron mella en mí los días de asueto, los
viajes interminables en un Renault donde
sonaban viejos casetes con rancheras:
voces apagadas que encienden la memoria.
Bostezo tatuado en el vaho de las ventanillas
que eran cine, imaginación, película infinita, ajeno
baile de árboles, postes de luz, nubes, líneas
blancas. Mientras unos ojos atravesaban, ochenta
kilómetros por hora, pueblos deshabitados,
océanos de centeno, campos de Castilla.

Y el Sol siempre estaba tan alto y tan lejano
que a mí me parecía el mayor de los cobardes cuando
cada noche se escondía, huía, tras los tejados...
Por suerte, después de tantos años, una vez era
verano y comprendí la belleza de la noche, de la luna,
el silencio de algunas canciones, el ruido de los libros
que cerraban mis ojos, que frotaban mis párpados con
los párpados de aquel que vivía al otro lado del espejo:
al otro lado del sueño. Y comprendí que el amanecer era
un silogismo. Las maneras las perdí entre sus uñas.

Hoy todo lo que queda es irreal. Un pasillo oscuro nada
más. No hay luz al final. No hay tan siquiera destellos
de esperanza. El chirrido de una puerta que se cierra
lentamente, acariciada por la brisa, me hace temblar
de miedo. Pero el golpe seco de una puerta que se cierra
de golpe, empujada por el viento, me hace morir del susto.
Y ya nada es mío, porque todo es tuyo.






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