
Laura vendía azafrán y besos de látex en la Gran Vía. De niña leía cuentos de princesas y ahora tan sólo lee prospectos de medicamentos caducados. Llevaba tanto tiempo buscando tesoros perdidos, en barcos hundidos y en labios de ortiga, que había perdido el miedo a los anzuelos, al amor y a los celos. Rara vez encontró algo distinto de un ducados mal fumado, una hostia en la mejilla o un viaje astral de heroína. Los príncipes azules viven en los libros y duermen en palacios de ensueño, ella vivía en asfalto y dormía en la boca de metro de Tirso. El calor de los túneles le calentaba el cuerpo, y a ratos, ella cerraba los ojos y soñaba que era una princesa, y que vivía en un palacio de mármol, con alfombras rojas y dos escaleras, y que él la esperaba en la entrada para adornarla los labios con un beso.
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