
Ni era la avenida Belgrano ni era una tarde calurosa como otras veces. La lluvía había tomado por asalto la ciudad desde hacía unos días. La música, que sonaba en los parlantes, no me evadía ni del tintineo de las gotas contra el crital ni del bullicio de la gente, que, como cada Jueves a esa hora, abarrotaba el colectivo.
Entonces fué cuando a través del cristal te ví. Allá estabas, parada en mitad de la vereda, hermosa y radiante, alumbrando más que el sol de Febrero. Algo en tus ojos brillaba de manera especial. En tu sonrisa bullía el candor de aquel sentimiento tan profundo y banal. Estabas apoyada, pegada a aquella farola, como el mate a mi bombilla como el tallo a la flor de azahar. Dejabas tu mirada vagando en el infinito de la calle, buscando una ecuación, álgebra matemática del amor, que explicara el calor de tu pecho.
Tan sólo dos cuadras más allá apareció él, un pibe joven que la única cana que pisó en la vida fué la que hay bajo tu falda.
Entonces fué cuando Rosario frenó, la ciudad entera se paralizó para ver a la mina más relinda perderse por un galan. Y desde mi asiento en el omnibus, línea roja 153, con una sonrisa yo te banqué.
1 comentario:
Hey!!! niño!!! y ese relato de Rosario????? Muchos besotes, estoy pasando unos días en Neuquén, Patagonia Argentina.
Erika.
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