30 octubre 2008

Las manos en el cristal


Puntualmente él bajaba cada jueves a comprar a su establecimiento, y puntualmente ella le recibía con una sonrisa tímida y nerviosa que escondía la complicidad de la que se acuesta cada noche pensando en la persona de la que está enamorada.

Él siempre iba radiante y elegante, y ella, aunque nunca había visto a Antonio Banderas en persona, pensaba que si Antonio Banderas olía de alguna forma seguramente olía como él. Él siempre compraba una caja de doce preservativos y se despedía con un "chauu!", ella suspiraba mientras veía como se cerraba la puerta automática de la tienda. Y ahí, se esfumaba la silueta de él, mientras que ella, enojada, maldecía al niño que había vuelto a manchar el cristal apoyando sus manos borrando para siempre el reflejo de él.

De repente un día, un jueves cobarde como cualquier otro, él dejó de acudir a su cita semanal. Y ella tan sólo podía maldecirse, y maldecir a los niños que día tras día manchaban el cristal apoyando sus manos.

Pasaron dos semanas, tres, incluso cinco. Y de repente, un jueves, puntualmente, él apareció de nuevo. Nada quedaba de aquel hombre radiante y elegante que gastaba una caja de preservativos a la semana. Tan sólo quedaba una caricatura de si mismo. Los jeans y la americana de pana habían dejado paso a un chandal raído, y algo viejo, de la selección argentina de fútbol. Y el ticket de una caja de preservativos había dejado paso a un ticket de una caja de Tranquimazin.

Ella se moría de ganas de saber qué había pasado en la vida de él para un cambio tan drástico. Y él se moría de ganas por unos oidos que escucharan sus problemas. Poco a poco empezaron a hablar. Semana a semana. Caja de Tranquimazin a caja de Tranquimazin. Jueves a jueves. Mirada a mirada.

De repente un día, sin saber cómo ni porqué, se encontraban uno frente al otro en la cafetería de la esquina. Ella sabiendo que a él lo había dejado su novia y a partir de ahi no había levantado cabeza y se había enganchado al Tranquimazin. Y él sabiendo que la chica de la farmacia era un ser dulce y cálido. Cálido como nunca podría haber imaginado. Poco a poco se fueron enamorando el uno del otro. Él de ella, por primera vez. Y ella de él, por decimosegunda vez.

Y en poco tiempo, puntualmente, él bajaba cada jueves a comprar a su establecimiento, y puntualmente ella le recibía con una sonrisa tímida y nerviosa que escondía la complicidad de la que se despierta cada mañana oyendo bostezar a la persona de la que está enamorada.

Él siempre iba radiante y elegante, y ella, aunque nunca había visto a Antonio Banderas en persona, pensaba que si Antonio Banderas olía de alguna forma seguramente olía pero que él. Él siempre compraba una caja de doce preservativos y se despedía con un "chauu!", ella suspiraba mientras veía como se cerraba la puerta automática de la tienda. Y ahí, se esfumaba la silueta de él, mientras que ella, soñando despierta, bendecía al niño que había vuelto a manchar el cristal apoyando sus manos reteniendo para siempre el reflejo de él.

4 comentarios:

Unknown dijo...

Pero al final se casan o qué????

Rachel dijo...

Vaya historia tan bonita....¿ crees que eso puede ocurrir de verdad? En fin! Ojalá que sí.
Un Saludo,
Rachel

Marinero en Marte dijo...

conozco a un tipo que le "medio" ocurrió!

;-)

Anónimo dijo...

No me gusta dejar comentarios tan poco constructivos, pero haré una excepción para decirte simplemente que me parece un relato precioso. Nos vemos en last.fm. Un saludo