Fabián creyó que había llegado su cuarto amor, y el que él como siempre pensaba definitivo, un madrileño verano caluroso.
Hacía años que no tenía noticias de su amigo Fermín, y de repente una noche de Agosto que vagabundeaba por las calles de La Latina se le encontró en un bar. Fermín y él habían hecho la mili juntos unos años atrás. Habían compartido guardias, aventuras y desventuras a golpe de orden marcial, y más que una que otra noche de copas en el bar de las luces que estaba enfrente del cuartel: "La chirla del Sur". Fermín parecía el de siempre, como si los años no pasaran por él, moreno, con sus ojos azules y su hoyuelo en la barbilla, el famoso "Travolta" del cuartel de marina de San Fernando parecía ser inmune a las agujas del reloj.
Fabián y Fermín se fundieron en un abrazo y en una trivial conversación que mentía sobre unas vidas apasionantes e intersantes respectivamente. El inventar historias sobre cosas que ninguno de los dos había hecho en estos años sin verse, dejó paso a empezar a hablar de las mujeres que estaban en el bar, de la misma manera que las cañas de Mahou dejaron paso a los gin tonic de Tanqueray. Fabián no recuerda si fué al tercer o al cuarto gintonic cuando empezaron a hablar con las dos rubias nórdicas que les miraban desde el final de la barra. Estuvieron con ellas un par de horas más, riendo, bailando, hablando y bebiendo. Por supuesto, como buenos caballeros que no querían dormir solos, pagando los cacique con cocacola que ellas bebían como si fueran agua.
Justo en el portal de la casa de Fabián, éste se dió cuenta que las dos rubias nórdicas estaban teñidas y erán de Cáceres, y también se dió cuenta que se estaba empezando a enamorar de la más bajita. Fermín por el contrario, no sabía lo que era el amor y si acaso pensaba que era una marca de colonia del Mercadona, pero sabía de sobra cuál era la habitación de invitados y fué por eso que no tardó ni cinco minutos en cerrar la puerta dejando el sujetador de la más alta colgado del picaporte. Fabián sabía de sobra que esa era su oportunidad, asi que puso un cd de Kenny G en la minicadena del salón, no se sabe muy bien si para crear un buen clima o para dejar de oir los gritos de su amigo Fermín y los gemidos de su compañera de fatigas, pero lo cierto es que menos de cinco minutos ya estaba colgado de la cintura de la otra "nórdica" cacereña. Una cosa llevó a la otra, y al final la chica quedó satisfecha y placidamente dormida sobre el sofá del salón.
Quién le iba a decir a Fabián que aquella noche iba a terminar escuchando follar a su amigo en la habitación contigua, después de haber tenido que limpiar el vómito de aquella chica de la alfombra del salón, y haberla tenido que acostar en el sofá. Se quedó a dos velas como siempre. Pero es que el amor suele ser difícil cuando hay garrafón de por medio.
4 comentarios:
Quisiera pedir 5 minutos de silencio por todas las víctimas de todas las zona cero de este planeta.
¿hasta cuando seguiremos permitiendo tanta sangre derramada?
Sí bueno, el amor suele ser complicado... pero a quien le gustan los amores fáciles. A mi no... así me va.
Y bueno yo creo que la noche de Fabian, tampoco estuvo tan mal después de todo. Al menos tiene un amigo, y quizás alguna noche no haya garrafon y él no termine a dos velas
Este Fabian...esto le pasa por enamorase jeje
Muy bonito relato como siempre,
Saludos.
Jajajajaja.
joe, vaya noche loca, es difícil de superarla.
Pobre Fabian, que cambie de desodorante o algo, que no levanta cabeza.
:D
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