04 junio 2008

Casuales coincidencias




Mi hermano, el tipo ese que yo quiero ser cuando sea pequeño, ganó un concurso de relatos. Así que con un hilo de baba y un montón de orgullo fraternal, hago esta entrada de promoción familiar... que nunca viene mal.












Casuales coincidencias


Era un día caluroso del siglo XIX, en la ciudad de Burgos. El Arlanzón fluía tranquilo por su cauce en construcción. Las mujeres lavaban en sus orillas y había unos cuantos burros y otros animales pastando. Tres nobles liberales, dos hombres y una mujer huían de la guardia real, llevando consigo nada más que una pequeña daga y una bolsa pequeña robada. Miraron cautelosamente y con desconfianza a la gente de la orilla del río. Estaban siendo perseguidos por haber entrado en las dependencias del rey, Fernando VII. La bolsa pertenecía al rey y la habían cogido porque no habían encontrado los documentos que buscaban. Pararon progresivamente y la mujer dijo, casi sin aliento:
—Creo que les hemos dejado atrás. Abramos ahora la bolsa y veamos lo que contiene.
Abrieron la bolsa y vieron decepcionados que contenía semillas de árboles que por entonces no eran muy conocidos, pero que hoy, y sobre todo los burgaleses, reconoceríamos enseguida.
— ¡Esto no sirve para nada! ¿Qué hacemos con ello?—preguntó la mujer.
—Pues si no nos sirven a nosotros, al menos servirán para dar sombra—e hizo unos agujeros en el suelo, a los lados del camino, para poner las semillas dentro. Entonces el más alto de los hombres exclamó:
— ¡Vienen!—se levantaron rápidamente y echaron a correr, pero fueron alcanzados enseguida por los soldados, que entre maldiciones se los llevaron a los calabozos, en los que permanecerían el resto de su vida...

Rodrigo despertó en su cama a las 10 de la mañana de un sábado. Tenía 14 años, y era de estatura media y con pelo castaño. Fue a la cocina donde su madre preparaba la comida para aquel día. Se sentó y comenzó a hablar:
—Hoy he tenido un sueño rarísimo mamá. Había una mujer y dos hombres que no conocía de nada. Estaban disfrazados con ropas antiguas, como de otro siglo. Primero colocaban algo pequeño en el suelo, a los dos lados del camino, y luego corrían como si les persiguieran. Después me desperté sobresaltado.
—Pues hijo, si tú no entiendes tus sueños, yo tampoco—le respondió su madre.
—El caso es que la cara de la mujer me resultaba conocida.
Ese fin de semana pasó rápido, como todos. El lunes pasó lento, ¡como todos!, pero a última hora ocurrió algo que le sorprendió. Entró a clase su profesora de Naturales y reconoció en ella a la mujer del sueño, y exclamó sin pensar:
— ¡La mujer!
—Pero, ¿qué dices Rodrigo? Pues claro que soy una mujer, ¿o es que no me ves tres veces a la semana?—todos los alumnos se rieron de Rodrigo, y éste se sonrojó.
A la salida su amigo Carlos le preguntó:
— ¿Por qué has gritado eso en naturales?—Rodrigo le explicó el sueño. Carlos, amigo suyo desde la infancia, era serio y muy crítico, pero muy buen amigo.
—¡Bah¡, eso fue sólo un sueño, no hay que tomarlo en serio— le dijo su amiga Isabel. Isabel era una chica muy avispada e inteligente, muy poco dispuesta a creer en cosas, como decía ella “absurdas”, tales como sueños o leyendas.
— Ya, Isa, pero había algo raro en el sueño.
—Bueno dejemos el sueño aparte y hablemos de otras cosas—sugirió Carlos. Rodrigo no habló de nada y sólo pensó en el sueño.
Aquella noche soñó de nuevo con los hombres y la mujer, pero a la mañana siguiente no habló de ello con Carlos o Isabel.
Todas las noches de esa semana y de las siguientes soñó con ello, hasta tal punto que se convirtió en una obsesión. Pensó en ir a hablar con su profesora de Naturales y aclararlo todo, pero, ¿qué le preguntaría? No, definitivamente no era buena idea.

Algunos grupos ecologistas convocaron una manifestación en el Espolón, porque el alcalde que por entonces había, quería quitar los falsos plátanos para hacer un aparcamiento. La madre de Rodrigo quería ir, así que a Rodrigo no le quedó otra que acompañarla.
Una hora más tarde, a las 6 de la tarde, estaban los dos encadenados a sendos árboles, con el Arlanzón al frente, ancho y turbio por las lluvias y majestuoso en su cauce. Un par de atrevidos hacían “footing” y los patos graznaban, quizá también como señal de protesta.
Coincidió que también fueron Carlos e Isabel, y sus árboles estaban en fila, y así los tres amigos hablaron sin que nadie les molestara. Pero había otro árbol libre, que enseguida fue ocupado por Rosa, la profesora de Naturales de los tres. Entablaron conversación rápidamente, e Isabel preguntó:
— ¿Cómo es que vienes a “defender” la vida de unos árboles?
—Bueno, aparte de estar relacionado con la Biología, que es mi especialidad, hay una historia en mi familia, que dice que un antepasado liberal nuestro junto con dos compañeros consiguieron crear el paseo del Espolón, cuando huían de los soldados del rey de entonces, pero que acto seguido les apresaron. Murieron en los calabozos, y la leyenda dice que los espíritus de aquellas personas, como venganza o motivo de burla para el rey, hicieron que esos árboles crecieran y se entrelazaran formando el paseo que hoy conocemos. Aquéllos árboles pertenecían al rey y eran una especie muy rara y que se veía muy poco, por lo que el rey enloqueció de rabia. También —prosiguió—, se dice que aquellos caballeros y aquella señora se llamaban (coincidencias de la vida) Rodrigo, Carlos e Isabel— los tres amigos se miraron impresionados y sorprendidos. Entonces Rodrigo le preguntó a su profesora:
— ¿Y no te han dicho nunca que guardas un gran parecido con aquella dama de tu familia?— la profesora le miró extrañada durante un momento, pero no replicó contra la pregunta de su alumno.

La manifestación terminó bien, el alcalde cedió y abandonó la idea de construir un aparcamiento, y Rodrigo, Carlos e Isabel regresaron a sus casas, complacidos, mientras pensaban que desde algún lugar los nobles con sus mismos nombres les miraban con benevolencia.




FIN




2 comentarios:

Manuel Villena dijo...

qué arte, joé!

enhorabuena por ese hermano, gonza.. ;)

Anónimo dijo...

No me puedo creer que un niño de catorce años hable así...
¡Qué bueno!

Yo una vez gané un concurso parecido, pero sólo me dieron un maletín de esos que traía Plastidecor, Alpinos, reglas y una goma que no borraba nada...