
Había algo en él que me llamó la atención. Sus ojos entornados, casi blancos como la nieve de Diciembre, mirando fijamente al suelo, quizá buscando una solución escrita entre los zapatos de los viajeros. Sus manos, más bien sus finos y largos dedos, jugueteaban con el billete del suburbano, lo doblaba de una y mil formas, lo triznaba en cuadraditos de papel, que luego agitaba en su puño cerrado como si de una maraca se tratara. Había algo, bien en sus ojeras, bien en sus huesos cansados o bien en su barba de tres días, que decía que algo no marchaba bien en su vida. Me bajé en Diego de León, tenía que ir a la biblioteca a devolver aquellos poemas de amor y oficina de Benedetti, y el siguió allí en la misma posición, como si se fuera una estatua del museo de cera.
Esa misma noche, las patatas se doraban en la sarten con el fuego de la vitro al cinco. La voz de Iñaki sonaba en el televisor del salón. Terrible suceso acontecido esta tarde en la plaza de Quintana de Madrid, un hombre dispara contra los transeuntes. No podía ser. ¡Tan sólo a quinientos metros de mi casa!. En menos de un segundo tenía mi culo en el sofa y mi mirada clavada en la pantalla. Al parecer un hombre, desesperado, perdido y sin rumbo, había disparado con una escopeta de caza contra la gente que pasaba. Había sido a las ocho, sólo diez minutos después de que yo llegara a mi casa esa tarde. Un muertos y dos heridos, uno de ellos un niño de tan solo tres años de edad. Me quedé petrificado al ver la foto del detenido, de aquel presunto culpable. Era aquel tipo del vagón.
Al parecer era un hombre de cuarenta y cinco años de edad, había trabajado toda la vida en la construcción pero llevaba tres meses en el paro. La crisis. La jodida crisis. Al parecer esa tarde, ese hombre no soportó más las conversaciones
de bar de barrio, de puerta del estadio, de ascensor, de máquina de café en la oficina; esas conversaciones que hablaban de la crisis. No soportó que todo el mundo opinara pero que nadie hiciera nada. Al parecer esa tarde, ese hombre no soportó más el haber dedicado toda una vida a trabajar para verse con cuarenta y cinco años en el paro, día sí y día también en la cola del inem viendo como nadie ya contrata a una persona de su edad. ¿Quién le iba a contratar?, si es que tampoco había trabajo para los jóvenes. Al parecer esa tarde, ese hombre no soportó la idea de tenerle que explicar a su mujer que había que empeñar el coche. No soportó la idea de tenerle que decir a su hijo que al siguiente año no podría ir a la facultad de medicina como siempre soñó desde niño. Al parecer esa tarde ese hombre no soportó más la idea de que, después de toda la vida luchando al lado de la patronal, los sindicatos están podridos de arriba hasta abajo. Al parecer esa tarde ese hombre no soportó el naufragio de su vida, y, con la vieja escopeta de caza de su difunto padre, disparó a la multitud en aquella plaza en la que se había criado de pequeño.
de bar de barrio, de puerta del estadio, de ascensor, de máquina de café en la oficina; esas conversaciones que hablaban de la crisis. No soportó que todo el mundo opinara pero que nadie hiciera nada. Al parecer esa tarde, ese hombre no soportó más el haber dedicado toda una vida a trabajar para verse con cuarenta y cinco años en el paro, día sí y día también en la cola del inem viendo como nadie ya contrata a una persona de su edad. ¿Quién le iba a contratar?, si es que tampoco había trabajo para los jóvenes. Al parecer esa tarde, ese hombre no soportó la idea de tenerle que explicar a su mujer que había que empeñar el coche. No soportó la idea de tenerle que decir a su hijo que al siguiente año no podría ir a la facultad de medicina como siempre soñó desde niño. Al parecer esa tarde ese hombre no soportó más la idea de que, después de toda la vida luchando al lado de la patronal, los sindicatos están podridos de arriba hasta abajo. Al parecer esa tarde ese hombre no soportó el naufragio de su vida, y, con la vieja escopeta de caza de su difunto padre, disparó a la multitud en aquella plaza en la que se había criado de pequeño.Al parecer, ya al día siguiente, nadie entendió esos disparos. Nadie paró un segundo a reflexionar sobre lo acontecido. Era un loco. Sólo eso. Un jodido loco.









3 comentarios:
Ainss Marinero que quieres que te diga!Hoy en día nadie se para a pensar en las desgracias de los demás. No hemos vuelto deshumanizados y individualistas. No es un mundo bonito, sin duda es un asco, pero en el fonde creo que aún queda gente buena que se preocupa por el prójimo. Lo que pasa es que es poca, y es silenciosa.
Un Abrazo.
Mucho curso de relato..Pero aquí no actualiza nadie.
Y mira que lo el jueves te inspiró...
:P
Ni siquiera que el Athetic alla ganado es suficiente para que te animes a escribir algo?? Aupa Athetic Eup!!!! Venga campeón...
Un abrazo.
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